El núcleo habitado está ubicado en las estribaciones
orientales de la Sierra de Albarracín, en posición
dominante sobre el valle del Jiloca. Son sierras de calizas
jurásicas y algunas formaciones de areniscas triásicas,
todas sumamente aplanadas por las superficies de erosión
(Peñarrubia, Altarejos, Monte Gallén), a unos
1.200 m de altitud e incididas por barrancos que salen con
fuerte pendiente hacia la llanura, como los de Valdecalera
y del Frontón, que en su parte final se abren en abanico
sobre la llanura del Jiloca formando amplios conos aluviales
de gravas y arcillas. Destaca en un contexto desarbolado la
presencia de un encinar extenso en el entorno del barranco
del Pozo, al noroeste de la población.
En el campo de la arqueología, este término
municipal ha proporcionado numerosos e interesantes restos,
desde hachas pulimentadas de fibrolita, hasta asentamientos
de la primera Edad de Hierro como el Cabezo de la Cisterna
y otros de época andalusí, como es el caso del
Castillejo. No lejos de éste, en la partida del Villarejo,
se sitúan las ruinas de Gallel, antigua aldea de la
Comunidad de Teruel.
De esta época subsiste junto a la población
los restos del castillo, uno de los pocos que restan en pleno
valle alto del Jiloca. Conserva dos de los lienzos que conformaban
su planta cuadrangular, que mantienen su altura original y
se coronan con merlones de remate puntiagudo. De los cuatro
torreones que poseyó sólo se mantiene en pie
uno, de planta cuadrada y con buharda amataconada sobre la
entrada. La primera noticia que de él se tiene data
de época de Jaime I. En 1357 la reina Doña Leonor,
esposa de Pedro IV, mandó repararlo y abrir el aljibe.
De estos momentos parece proceder lo que hoy nos ha llegado
de la construcción.
En el extremo oriental de la población se alza el campanario
antiguo, único resto de la anterior iglesia. Consiste
en una robusta torre de mampostería formada por un
zócalo y dos cuerpos, mientras que la cantería
se reservó para las esquinas y los vanos. El cuerpo
superior, destinado a campanario, presenta un vano en cada
cara, uno de los cuales está amainelado por una columna
dórica, típica del siglo XVI. El conjunto se
remata con una galería de vanos que recorre todo su
perímetro superior.
Ubicada en un solar distinto al anterior para que permitiera
mayor desahogo, la moderna iglesia de la Invención
de la Santa Cruz fue levantada hacia 1704, como consta sobre
la clave del arco de entrada. Se configura según el
tipo habitual en esos momentos: tres naves cubiertas con bóveda
de cañón con lunetos. Sin embargo, la torre,
situada a los pies en el lado del evangelio, destaca de modo
especial. En ella se aprecia el arraigo de la tradición
mudéjar en tierras turolenses y su imbricación
en la corriente barroca de la época, como queda patente
en sus dos cuerpos de planta cuadrada decorados con pilastras
retranqueadas que la dotan de una vibrante y rica volumetría.
Se conoce la fecha de su conclusión, 1738, cuando se
le pagó a Miguel Sebastián, ollero de Teruel,
por las tejas vidriadas que se colocaron en el remate.
Los retablos que alberga son todos del XVIII. El de más
interés es el mayor, realizado por el destacado escultor
turolense Francisco Moya en torno a 1735 y 1738. Fue también
en 1735 cuando Francisco Moya ajustó en 150 escudos
valencianos el retablo de la Virgen del Rosario, conservado
a los pies en el lado del evangelio. Otro retablo en el que
también intervino dicho maestro, aunque de forma muy
puntual, es el del Santo Cristo, terminado en 1769 por el
escultor Juan Gascón, vecino de El Pobo de San Francisco.
Entre su arquitectura civil destaca la casa Estebanel, fechada
en su escudo en 1562. De tres plantas y ático, en su
fachada los vanos se ordenan de forma regular en torno al
eje marcado por el escudo que se situó sobre la portada
y el balcón central.
Desaparecida ya la ermita dedicada a San Onofre, quedan en
su término otras cuatro. La ermita de la Purísima,
obra de la segunda mitad del XVIII, presenta al exterior una
planta cuadrada cubierta con cúpulas y precedida por
un atrio que enmascara la originalidad del interior de planta
trebolada. Se decora con guirnaldas y emblemas de los Valero
de Liria. Posee dos meritorios retablos de estilo rococó.
La ermita de la Virgen de Mora es un sencillo templo vinculado
en origen a la aldea de Gallel. De esta ermita procede la
imagen de tradición gótica que se guarda en
la sacristía de la iglesia parroquial. Fechada en el
siglo XVI, esta imagen ha sido restaurada. Restan dos ermitas
de menor interés artístico, la de Santa Bárbara
y la de San Cristóbal, esta última en la cumbre
del cerro que lleva su nombre.
Las fiestas mayores se celebran a primeros de mayo en honor
a la Invención de la Santa Cruz y San Cristóbal.
Las esposas e hijos de los cuatro clavarios, elegidos cada
año en orden a la fecha de su matrimonio, o voluntarios
en el caso de que no haya matrimonios nuevos, reparten el
pan bendito en la misa. Son característicos los símbolos
que cada uno lleva: el bastón que sostiene el capitán,
la bandera grande que representa a San Cristóbal, la
bandera pequeña a la Virgen de Mora y el espejo que
simboliza a la Cruz de Mayo. El día de la Santa Cruz
se arrojan a lo alto a los clavarios del año siguiente,
en el orden en que llevan los símbolos, mientras el
alcalde pregunta “¿habrá fiestas en Alba?”
a lo que el pueblo responde “mientras haiga tejas”.
En Semana Santa destaca la procesión del Calvario,
organizada por la cofradía del Santo Rosario, la mañana
del Viernes Santo.
El pueblo va en romería a dos de las ermitas enclavadas
en su término: el 15 de abril sube a por la imagen
de la Virgen de Mora y a primeros de junio vuelve a ir, mientras
que el sábado anterior al domingo de Pentecostés
se peregrina al cerro de San Cristóbal, donde los clavarios
reparten pastas y bebida donadas por el Ayuntamiento antes
y después de la misa, y vino antes de comer.