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Si
recorres sosegadamente las calles y plazas de La Alberca, te irás
encontrando, viajero, con atractivos rincones y perspectivas,
en los que resalta una arquitectura popular levantada a base de
piedras y geométricos entramados de madera.
Destacan
los dinteles cincelados con fechas de fundación de las
casas, con inscripciones, signos y anagramas religiosos, que quieren
ser profesión visible de fe.
Cada
una de las plantas superiores va sobresaliendo sobre la inferior,
hasta llegar casi a tocarse los aleros de los tejados de las casas
que se hallan frente a frente, lo que hace que en las calles se
produzca un curioso juego de luces y sombras.
Se
ha dicho que la estructura urbana de La Alberca es la de una judería,
por lo intrincado, laberíntico y secreto de sus calles.
Pero tampoco han faltado quienes, al recorrer el pueblo, lo han
aso-ciado con los arrabales de Damasco.
La
Alberca es así la unión, a lo largo de los siglos,
de las culturas cristiana, islámica y judaica.
Y
no debes, visitante, dejar de ver la Plaza, y de detenerte en
ella. Con sus fachadas recorridas por dos series de balcones,
con la luz de la cal, con sus soportales e hileras de columnas
graníticas y con el crucero presidiéndola. Es, sin
duda, el eje central de La Alberca.
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